La niña que quiere ser ‘periodista del coronavirus’

Se llama Lina, tiene nueve años, cuenta que tiene cosas que decir sobre lo que está pasando estos días y que quiere ser «la periodista del coronavirus». Va acompañada de su madre, Cristina, con quien pasea por la plaza Sant Francesc Xavier del barrio de La Soledat.

Aparenta estar muy concienciada y saber qué significa el estado de alarma, que llega este miércoles a su día 46. Hay más gente en las calles y también más tráfico de coches por la calle Manacor que une el barrio al centro de la ciudad. Lina, y también su madre, llevan mascarillas y guantes protectores. La niña tiene un lazo morado en el brazo. Explica ella misma el motivo: «Así se sabe que tengo necesidades especiales; soy autista». E insiste en que quiere ser periodista «del coronavirus» y explicar que «hay gente que no cumple las normas, que sale sin mascarilla y guantes y que eso no debe ser así». Su madre asiente con la cabeza y explica que sí, que su hija quiere ser periodista y contar cosas.

Les acompaña otra mujer que no quiere aparecer en escena y se aparta. Comenta que está enseñando a la niña a utilizar internet y le dice que cuando pase el coronavirus habrá otras cosas que contar y que no hay que quedarse sólo en ser periodista del coronavirus. Que hay más cosas.

Una calle más abajo, cruzando la calle Manacor que diferencia norte y sur de La Soledat, la directora pedagógica del Col·legi Sant Vicenç de Paül, Victoria Sastre, reparte libros en la puerta del centro. Es un colegio privado concertado que depende de las Hermanas de la Caridad y vinculado a la red de escuelas católicas de Baleares.

«Nos han dado permiso desde la Conselleria para que repartamos hoy los libros y cuadernos para actividades que los chicos que están en casa necesitan este curso», dice Victoria, que está acompañada de otras mujeres que les ayudan. Una chica de primero de ESO acaba de recoger sus libros. Según su padre es «muy aplicada» y no ha añorado demasiado salir de casa.

Nuevas aficiones

Los niños y las niñas ya están en la calle desde hace días (un hombre con sus dos hijos, Marc y Sergi, han optado por los columpios del parque del final de la carretera de Manacor, cuando empieza la autopista) y el resto espera al 2 de mayo para decidir si sale. Pero estos días ha habido tiempo para organizar la vida interior. Y la vida en el interior del domicilio. Es el caso de Manuel, orgulloso de sus tomateras, que exhibe en la puerta de casa. Ha sembrado dos; enciende un puro y plácidamente, ve pasar la gente por la calle mientras detalla que «a mis años he descubierto aficiones nuevas». Tiene 74, es muy conocido –dice– en el mundo de la petanca pero ahora le ha dado por aprender a tocar la guitarra y por el dibujo. Tiene la ‘mesa de trabajo’ en la misma entrada de la casa. Hay cosas que no termina de entender, sobre todo ahora que le ha dado por la guitarra.

Ejemplo, que no se puedan comprar cuerdas porque las tiendas de música están cerradas.
La farmacia Oliver Sansaloni, situada en la calle Manacor, marca justo la frontera entre La Soledat norte y La Soledat sur y sólo una calle la separa del hostal Sorrento, que es una localización imprescindible para cualquier historia que se adentre en la crónica negra.

La fábrica del circo

Hace un rato que Martí Sansaloni ha llegado a la farmacia. Sí, el que fue conseller de Sanitat cuando José Ramón Bauzá (farmacéutico también; igual que farmacéutica es la presidenta actual, Francina Armengol) presidía el Govern. Hay mascarillas en su botica desde 90 céntimos. Asegura que trabaja «doce horas al día» ya que su madre se queda en casa estos días. Habitualmente se turnan pero «es grupo de riesgo», como las personas más mayores. El que fuera conseller opina que «esto va a ir para largo». Se refiere a la desescalada y la vuelta a la normalidad.

Nada indica, al asomarse a las calles que suelen ser las más conflictivas, que este día toque redada ni nada parecido. De hecho, no hay ningún coche de la policía ni nada que parezca requerir su presencia.

Tres mujeres pasean cerca de lo que fue la fábrica de Can Ribes y que quiso ser reconvertirse –o eso reflejan unos carteles– en un centro de interpretación sobre el circo. Como edificio catalogado, eso suscitó sus más y sus menos. Es otra de esas historias pendientes por ahí para «cuando esto acabe».