«La gente decía que Morricone era difícil, pero para mí fue una persona cercana»

De las incontables voces que iluminan la escena portuguesa, la de Dulce Pontes sobresale con un brillo propio. La artista de Montijo huye de los convencionalismos y de los caminos trillados como alma que lleva el diablo. Ese afán inquieto la llevó a alejarse del fado para coquetear con el pop y otros estilos, con los que ha construido un sonido propio e inexpugnable, que lleva tres décadas cautivando al público. Trui Teatre acogerá una velada con la artista portuguesa este sábado, a las 20.30 horas, dentro del 13 Jazz Voyeur Festival.

Con ese torrente de voz que ha paseado por escenarios de medio mundo, y una obra que mira al imaginario portugués con apertura a la chanson française, el tango y el nuevo flamenco, Pontes aterrizará en Palma con «canciones nuevas, algún guiño a Carmen Miranda y María Rodríguez, en este año de su centenario, y también a los sonidos cubanos, el folclore portugués y a Ennio Morricone», desliza Pontes.

Precisamente, junto al maestro italiano, uno de los grandes autores de bandas sonoras de todos los tiempos, compuso uno de sus álbumes más celebrados (Focus, 2003). «Hacer ese disco me permitió alcanzar mis límites, fue una grandísima experiencia. Para mí Ennio es un icono, me imponía mucho respeto, la gente decía que era un personaje difícil pero yo me encontré con una persona muy cercana».

Pontes ganó el Festival Nacional de la Canción de Portugal en 1991 y ese mismo año representó a su país en el Eurovisión, donde se hizo con el premio a la mejor intérprete. Fue la primera vez que Europa oyó su voz. Aquella joven de 22 años que pudo haber sido bailarina, encandiló al mundo con su vehemente noción expresiva. Desde entonces, en su país se le profesa casi la misma devoción que a la Virgen de Fátima. Y es que, dígase de entrada, Dulce Pontes posee una incontrolable tendencia al exceso. Esa ostentación de voz se produce cuando alguien posee unas facultades extraordinarias. Y le permite adentrarse en el fado no con la contención desgarrada de las intérpretes del género, sino con el ímpetu de una diva de ópera. «Tuve una profesora que me hizo ejercitar muchísimo la voz, decía que tenía mucho potencial, pero carecía de técnica. Tras recibir sus consejos todo cambió». Y hoy todo ese despliegue vocal, unido a su profundidad de registros, es lo que encumbra a esta artista –que como la inglesa Shandy Show canta descalza– al púlpito de las grandes voces femeninas contemporáneas.

A sus 51 años, Pontes sigue ganando potencia e incorporando nuevos matices y relieves a su voz. Podría decirse que padece el síndrome de ‘Benjamin Button’: rejuvenece año tras año. «Me encanta la música clásica, luego descubrí el fado y más tarde otros sonidos, todo eso me ha permitido ejercitar mi versatilidad y eclecticismo. Pero si hay algo que me ayudó muchísimo a expandirme fue mi participación en el programa Regreso al pasado, donde tenía que adaptarme a diferentes géneros», subraya.

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La portuguesa ha podido ejercitar su vena ecléctica con un amplísimo abanico de artistas, desde el mencionado Ennio Morricone, a George Dalaras, Andrea Bocelli o José Carreras. Además, ha paseado su capacidad artística por los escenarios más rotundos de la música, del Palacio Mazda de Milán, al Royal Albert Hall londinense, además del Arena de Verona, el Auditorio parco della Musica de Roma, el Palacio de Congresos de París o el Salón del Foro Internacional de Tokio, en una mítica audición junto a Morricone. Otro punto culminante en su trayectoria fue la apertura oficial de las nuevas 7 Maravillas del Mundo, en la que canto su tema One world ante la mayor audiencia televisiva de la historia.