Encerrados en el paraíso

Quizás sea su caso, ¿pero se imaginan vivir en una casa de planta baja, de estas que las inmobiliarias dicen que tienen «encanto», en un viejo barrio de pescadores de una ciudad mediterránea, frente a una playa desierta y un mar azul sin apenas tráfico de embarcaciones? Así viven los vecinos de es Molinar, pero desde el confinamiento, sin poder disfrutarlo más que visualmente desde el portal de su casa.

O desde el balcón. Este es el caso de Guillem Ramon, que vive frente al Caló den Rigo –la calita donde se instaló el Club Marítimo Molinar, ahora en obras– y que ayer por la mañana se deleitaba viendo el lejano cabo de Cala Figuera, que cierra la bahía por poniente. «Sin cruceros y con muchos menos barcos, la visibilidad ha mejorado muchísimo. Ahora veo Cala Figuera nítidamente, es una maravilla».

En la carretera de Llucmajor, mientras hace cola para hacer la compra, Margalida Pons también presume del barrio (y de la casa) en la que vive desde hace 32 años. «Estoy en la calle de la Torre, en uno de los tres molinos aun en pie del antiguo molinar, y que antiguamente estaba en un islote separado de Mallorca». Es un lugar de ensueño, valora, «pero ahora es todo tan triste; desde que nos confinaron no pasan ni las moscas». Pons admite que el trajín de los restaurantes y la actividad turística le confortan.

El confinamiento en es Molinar no es como ni en Palma ni como en los pueblos. No se vive con el mismo relajamiento que en Lloseta, por ejmplo, ni con la desconfianza entre vecinos propia de las grandes ciudades. El paseo marítimo y las callejuelas están prácticamente desiertas ­–alguien paseando al perro–, pero la gente evita relacionarse excesivamente entre si. Hace buen tiempo y la luz del sol acentúa el blanco de las fachadas, que contrasta con el color de las persianas. Ese aire pintoresco de es Molinar.

En un callejón cerca de la plazuela de la Font, Jaume Vicens lija las persianas del portal. «No puedo trabajar y no puedo salir a pasear. ¿Qué puedo hacer? Ya he aprovechado para barnizar las vigas y pintar y ahora me entretengo con las persianas», comenta.

El estanque de es Portitxol fue abierto en 1932 por el abuelo de Antònia Colom, su actual propietaria. Para evitar el contacto con los clientes, ha instalado un estante justo en el portal de entrada, de manera que los compradores no llegan a poner los pies dentro de la tienda. «Lo hice para evitar que pudieran toquetar las revistas y otros productos que luego serían toqueteados por otros clientes y así alimentar el virus», explica. La estanquera también teme infectarse a través de las monedas y las limpia nada más recibirlas, introduciéndolas en un bote con agua y lejía. «Lo desinfecto todo. Si pagan en efectivo, meto las monedas en el bote y las seco. Luego, estas monedas son devueltas para cambio con una cestita, de manera que ni siquiera yo las toco».

Uno de los clientes es Joan Sureda, un artanenc que al que la vida ha he hecho recaer en es Molinar. Mascarilla puesta, Joan explica que ha venido para comprar revistas para su esposa. «Hay que hacer algo para pasar el día, ¿verdad?» Pero la revista que buscaba se había agotado y compró este periódico. «Mañana [hoy] volveré a hacerlo», prometió.