El abandono del bosque de Baleares prende la llama

Baleares vive de espaldas a sus bosques. Es una realidad. Miramos por la salud de nuestras aguas y nuestros arenales, nos llevamos las manos a la cabeza por la pérdida del patrimonio urbanístico, lamentamos los problemas de los payeses y el abandono paulatino del agro balear. Pero los bosques no tienen quien les quiera. Quizá porque el sector forestal de las Islas aporta un insignificante 0,08 % al Producto Interior Bruto (PIB) de la Comunitat. Y se debe únicamente a que tenemos una asignatura pendiente con la gestión de nuestra masa forestal.

La industria de la biomasa en las Islas es casi inexistente, con apenas 3 ó 4 negocios familiares, con tecnología precaria y maneras de trabajar anticuadas. También algunas empresas que tratan de sacar partido del combustible vegetal, pero chocan contra el muro del desconocimiento de una energía con enorme potencial, pero poca publicidad, y contra la desidia institucional. Por eso la sentencia de Joan Santana, técnico del Servicio de Gestión Forestal de la Conselleria de Medi Ambient, es premonitoria: «No hay gestión real de nuestro paisaje, solo abandono. En la Isla el único gestor real es el fuego descontrolado».

Superficie forestal

Aunque les sorprenda el dato, el 42 por ciento de la superficie del Archipiélago, unas 220.000 hectáreas, está catalogada como forestal, la mayor parte pinar, encinar o bosques mixtos, mientras que el resto es suelo urbano o agrícola. Y la masa forestal, créanlo, no deja de ganarnos terreno. En Mallorca solo hay peligro de desertificación en zonas concretas de Andratx o Artà, lugares que han sufrido incendios devastadores en más de una ocasión; en el resto de la Isla, el bosque ha crecido sin freno. Eso sí, los expertos en gestión ambiental aseguran que la expansión ha llegado a su punto máximo después de 40 años. Tras el abandono agrícola en gran parte de la Isla, solo quedan zonas como sa Pobla o el Pla, por ejemplo, donde eso nunca pasará.

De los tres millones de árboles que mencionaba el Arxiduc Lluís Salvador en sus escritos de 1871, hemos pasado a contar con 46 millones de árboles de más de 10 centímetros de diámetro en Mallorca, según datos de 2012, cifra que aumenta hasta los 67 millones si hablamos de toda la Comunitat. Por eso, el Govern y los expertos en incendios de las Islas tienen el miedo en el cuerpo. Y como se pregunta Joan Juan, gestor ambiental y miembro de la junta Tramuntana XXI,«¿qué sería de Mallorca si un gran incendio, como el de 2013 entre Andratx y Estellencs, que se sofocó gracias a la ayuda involuntaria del viento, acabara con la Serra? La Isla dejaría de ser tan atractiva para el turista».

Riesgo de incendio

La temporada alta de riesgo de incendios arranca este año en Baleares con un escenario marcado por la pandemia de la COVID-19. No se han podido realizar con normalidad las tareas de limpieza y gestión y ha llovido más de lo esperado este invierno, por lo que hay mucha masa forestal seca, con el consabido aumento del peligro. Cualquier día puede arder, si un pirómano logra su objetivo o un rayo impacta en el momento menos oportuno.

«Los incendios forestales evolucionan y ahora son más intensos y extensos», recuerda Joan Santana, técnico forestal del Govern. Si bien es cierto que en los últimos tiempos se ha reducido el número de incendios forestales en países mediterráneos, el entorno es cada vez más inflamable, fruto de varias circunstancias acumuladas. El aumento de las temperaturas y la sequía, así como el progresivo abandono del medio rural, unido a la acumulación de combustible vegetal en los bosques y la proliferación de viviendas y urbanizaciones dispersas se convierten en el caldo de cultivo de los megaincendios de nueva generación. «El problema se ha agravado en Mallorca. Existe más peligro que hace 20 años, y eso que ahora contamos con más medios humanos y técnicos», agrega Santana.

Aprovechamiento

En Baleares hay nueve millones de metros cúbicos de combustible vegetal acumulado. Toda una riqueza al alcance de nuestras manos, pero con una gestión insignificante, en pañales más bien, con una tasa de aprovechamiento de solo el 3 por ciento. Un dato que palidece si tenemos en cuenta que en Catalunya o la Comunitat Valenciana aprovechan el 20 por ciento del crecimiento de su masa forestal, mientras que en países como Alemania, Suiza o en la península escandinava esta cifra se eleva hasta un 67 por ciento. Según apunta Joan Juan, de Tramuntana XXI, la culpa es de la popularización de los combustibles fósiles en los 50 y 60: «La bombona de butano acabó con la gestión forestal en Baleares. El combustible vegetal pasó a un segundo plano y los bosques dejaron de ser rentables», añade.

Uno de los principales problemas para la explotación con finalidades energéticas de los bosques insulares es la actual estructura de la propiedad. El 91 % de la superficie forestal es de titularidad privada y atomizada entre un gran número de propietarios. En Mallorca, la extensión media es de cinco hectáreas. Imagínense poner de acuerdo a tanta gente. Eso ha hecho que incontables proyectos se quedaran en agua de borrajas. Menorca, por ejemplo, fue escenario de un acalorado debate entre 2013 y 2015, cuando una empresa peninsular llegó a un acuerdo con un grupo de propietarios para aprovechar el combustible vegetal de sus terrenos y trasladarlo a Cerdeña. La isla italiana ofrecía una subvención de 50 euros por tonelada de astilla que llegara a puerto. Al final, los escasos márgenes de beneficio, junto a las acusaciones de «expolio menorquín» que esta iniciativa recibió por parte de algunas organizaciones ecologistas dieron al traste con el proyecto.

Pero los que deberían dar ejemplo, las instituciones, todavía no se han puesto las pilas. Solo el matadero de Maó y el Ajuntament de Sant Lluís cuentan con calderas de biomasa en sus instalaciones, mientras que en Mallorca, solo la Mancomunitat de la Serra de Tramuntana ha auspiciado la puesta en marcha de una caldera similar en la Comuna de Bunyola.

Gestión post incendios

Si en algo destaca Baleares, es en que somos pioneros en las técnicas de gestión post incendios y la respuesta de los ecosistemas. Durante los últimos siete años, Joan Estrany, del Grupo de Investigación en Hidrología y Ecogeomorfología en Ambientes Mediterráneos (MEDhyCON) de la UIB, ha trabajado desde el minuto uno en el seguimiento y la monitorización ambiental de la restauración y regeneración natural de una zona afectada por el incendio de Andratx de 2013, que quemó casi 2.500 hectáreas.

La Trapa: Imágenes de la evolución de la vegetación en La Trapa en 2014 y en 2018.

Sus conclusiones fueron presentadas en un libro, pero uno de los datos más significativos es que a la parte de La Trapa que ardió en 1994, y de nuevo en 2013, le está costando más regenerarse, debido a la degradación del terreno. Como casi siempre, más vale prevenir que curar, y como apostilla Joan Juan, «nos saldría mucho más rentable gestionar y dinamizar nuestro entorno, que reforestarlo».